Siete actitudes que fortalecerán tu salud mental
No te creas todo lo que piensas
No siempre podemos elegir qué pensar. De hecho, alrededor del 90% de nuestros
pensamientos surgen de forma automática. Y la gran mayoría de ellos no son verdades
absolutas, sino opiniones moldeadas por nuestras experiencias de vida, creencias y el contexto. Comprender que entre lo que sucede y lo que sientes existe un paso intermedio —tu interpretación de los hechos— puede ser profundamente liberador.
Un dato interesante: el 70% de los conflictos de pareja se originan por malas
interpretaciones. Piensa en esas películas en las que todo el drama se resolvería si los
protagonistas se hubieran comunicado con honestidad desde el principio. En la vida real pasa lo mismo: muchas discusiones podrían evitarse si recordamos que lo que pensamos no siempre es lo que realmente está ocurriendo.
Elegir a qué pensamientos darles atención y cuáles dejar pasar puede sentirse como una
tarea monumental, a veces incluso como una lucha interna. Pero comprenderlo te da poder: no siempre puedes controlar los hechos, pero sí la historia que te cuentas sobre ellos.
Acepta lo que sientes, reflexiona y aprende… pero no te aferres
Encontrar el equilibrio entre aceptar nuestras emociones y dejarlas pasar puede ser un reto abrumador. Es fácil moverse de un extremo a otro: o me fusiono con lo que siento hasta hacerlo parte de mi identidad (“yo soy así, tengo el carácter muy fuerte”), o me distraigo constantemente para no sentirme herido, vulnerable o incómodo.
Ambos extremos tienen más costos que beneficios. En el primer caso, te aferras tanto que no actúas o actúas por impulso, empeorando las cosas o quedándote atrapado en un malestar innecesariamente prolongado. En el segundo, no te das el tiempo de procesar ni reflexionar, lo que te impide aprender a manejar mejor situaciones similares en el futuro.
La clave está en permitirte sentir, darte un tiempo breve para procesar —unos 20 o 30
minutos— y luego elegir conscientemente cómo seguir. No se trata de negar lo que pasa dentro de ti, sino de no quedarte a vivir ahí.
Enfócate en lo que tienes y en lo que eres
Enfocarse en lo que sí tenemos, en lo que está funcionando y en nuestras cualidades puede ser otro gran reto. Nuestra mente tiende a fijarse en lo que no funciona, en lo que está mal o en lo que hay que cambiar y mejorar. Y está bien, pero se vuelve disfuncional cuando no equilibramos la balanza.
Cuando ignoramos las cosas buenas, o somos incapaces de reconocerlas incluso en medio de la adversidad, nos hundimos en un pozo del que luego es difícil salir. No es exageración: numerosos estudios muestran que las personas con una actitud optimista tienen una mayor esperanza de vida, mantienen hábitos más saludables, cuentan con un sistema inmunológico más fuerte, se recuperan mejor del estrés o de una cirugía y, por supuesto, tienen menos probabilidades de desarrollar trastornos de salud mental.
Abraza el cambio
Nuestra capacidad de adaptación es sorprendente: nada nos hace eternamente felices o satisfechos, y tampoco eternamente infelices o insatisfechos. Con el tiempo, la mayoría de las personas se ajusta más rápido de lo que imagina a los grandes cambios de la vida. Incluso después de eventos dolorosos, el bienestar emocional tiende a recuperarse en un plazo de 6 a 12 meses, y tras experiencias positivas, en menos de medio año.
Cuando hablo de “abrazar” el cambio no me refiero a que siempre te guste o que no sientas miedo, sino a elegir conscientemente ver lo nuevo como una oportunidad de crecimiento. El cambio, incluso cuando es incómodo, nos obliga a desarrollar habilidades, a mirar la vida desde otras perspectivas y a cuestionar creencias que ya no nos sirven.
Evitar el cambio o no buscarlo de forma consciente puede llevarnos a la apatía, al
estancamiento e incluso a la pérdida de sentido. Por eso es saludable ponernos retos de
forma periódica: aprender algo nuevo, conocer personas distintas, cambiar una rutina que ya no nos nutre. Estos movimientos, aunque a veces provoquen nervios o inseguridad, también alimentan emociones positivas como el interés, la esperanza y el entusiasmo.
Dato interesante: Estudios longitudinales muestran que las personas abiertas a nuevas
experiencias y que se plantean retos de forma regular no solo reportan mayor satisfacción vital, sino que también presentan un menor riesgo de deterioro cognitivo con la edad. Mantener la mente y la vida en movimiento es una inversión directa en tu bienestar presente y futuro.
Prioriza tus vínculos
¡SOMOS SERES INTERDEPENDIENTES! Y quien te diga que no necesita de nadie te está
mintiendo y se está mintiendo a sí mismo. Todos necesitamos sentirnos amados, escuchados, comprendidos, importantes. Nuestros vínculos nos dan propósito y nos ayudan a sobrellevar la adversidad.
No digo que te conviertas en un “yonki” de las amistades ni que te obsesiones con buscar
pareja, pero sí que cuides y cultives lo que ya tienes. Los vínculos son como plantas:
necesitan ser regados y abonados. Son parte esencial de nuestra existencia como seres humanos. No es funcional que se conviertan en el centro de tu vida, pero sí es necesario que los tengas siempre presentes y les dediques tiempo y atención.
En mi práctica profesional, he notado que muchas de las personas que asisten a terapia no lo hacen porque tengan una percepción distorsionada de la realidad o porque estén “locas”, sino porque se sienten profundamente solas e incomprendidas y se han sentido así durante años. El aislamiento, más que cualquier otra causa, suele ser el verdadero peso que cargan.
Dato interesante: El estudio de Harvard sobre desarrollo adulto, que lleva más de 80 años en curso, concluye que la calidad de nuestras relaciones es el factor más determinante para una vida larga y feliz, incluso por encima del dinero o la fama. Las personas con vínculos cercanos y de confianza viven más y tienen mejor salud física y mental.
Sueña y espera lo mejor.
Soñar no es idealismo, es una necesidad psicológica. Nuestros sueños —los que
imaginamos despiertos— funcionan como faros que nos orientan cuando el camino es
incierto… y vaya que lo es. No se trata de imaginar metas monumentales, sino de visualizar un futuro mejor.
Sé que muchas personas se guían por el proverbio antiguo “piensa mal y acertarás”, pero
yo lo adaptaría así: “piensa mal y tendrás ansiedad”. Anticiparse a que las cosas saldrán mal no te ayuda si no vas a tomar acciones concretas para prepararte. Y muchas veces, simplemente, no hay forma de prepararte. Si el futuro es incierto, no ganas nada pensando que todo irá mal. Es mucho más funcional esperar lo mejor y, si las cosas no resultan como esperabas, entonces resolver.
En terapia, he visto cómo las personas que dejan de soñar se apagan poco a poco: pierden motivación, propósito y hasta el brillo en la mirada. Sin una visión positiva del futuro, nos quedamos atrapados en la rutina y en la urgencia de resolver el día a día, sin darnos la oportunidad de pensar en lo que realmente nos gustaría construir.
Dato interesante: Investigaciones en psicología positiva muestran que las personas que se fijan objetivos significativos y los visualizan regularmente tienen hasta un 32 % más de probabilidades de alcanzarlos y reportan mayores niveles de bienestar y resiliencia. Soñar no es negar la realidad, es entrenar a tu mente para reconocer oportunidades y dirigir tu energía hacia aquello que te importa.
Busca mejorar, no ser perfecto
La perfección es una trampa: nunca es suficiente, siempre hay algo más que corregir o
mejorar. Perseguirla no solo agota, también roba la alegría de lo que ya hemos logrado. En cambio, enfocarte en el progreso —aunque sea pequeño— te permite avanzar sin cargar con la frustración constante de no “llegar” a un ideal imposible.
En terapia, veo a menudo cómo las personas se castigan constantemente por sus errores, se exigen estándares poco realistas, y esa exigencia crónica termina deprimiéndoles y haciéndoles sentir insuficientes. La mejora continua es distinta: no se trata de ser impecable, sino de ser un 1% más sabio, hábil o compasivo que ayer.
Dato interesante: Investigaciones en psicología del rendimiento muestran que quienes se enfocan en el progreso y en metas de mejora personal tienen un 46 % más de probabilidad de mantener la motivación a largo plazo, en comparación con quienes buscan resultados perfectos. El progreso es el combustible; la perfección, un freno.
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¡Gracias por leerme!
Letty


